De cómo el instituto mató a las estrellas de la literatura

Libros, Opinión

Mi primera decepción con la literatura llegó en 3º de la ESO. En una colorida tabla que ocupaba prácticamente la mitad de una de las hojas del libro de “lengua” aparecían los autores que habría que estudiar durante aquel cuatrimestre. Estaban Calderón de la Barca y Lope de Vega. Pero por primera vez también estaban Shakespeare y Molière. Mi yo de quince años no podía estar más emocionada. Por fin iba a poder comprender en todo su esplendor las obras de dos autores que habían permanecido intocadas (por mi parte) en las estanterías de mi casa, ya que no consideraba tener suficientes conocimientos como para poder apreciarlas como verdaderamente se merecían.  Ahora alguien, aquella profesora, me guiaría a través de Macbeth, y Otelo, y Tartufo y El Avaro. Pero entonces, cinco minutos después de que mi mente viajara hasta el paraíso literario, mi profesora espetó las siguientes palabras:

“A esos” no los vamos a dar porque no son españoles.

Adiós a mis expectativas. Una vez más nos quedaríamos con los mil y un veces mencionados autores españoles. Lo peor fue que esta tónica no tuvo su fin aquí, sino que se extendió durante el resto de cursos hasta unírsele en 2º de Bachillerato otra lapidaria frase:

“A esos” no los vamos a dar porque no entran en Selectividad.

De ese modo mis años por el instituto pasaron sin ninguna mención a autores como Oscar Wilde, F. Scott Fitzgerald, Byron, Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Victor Hugo, Tennesse Williams, E.E. Cummings, o George Orwell. Tampoco fue mencionada ninguna mujer, porque aparentemente las mujeres no escribían a menos de que fueran señoras gallegas como Emilia Pardo Bazán o monjas cuyos éxtasis eran ligeramente sospechosos. Así que adiós a Emily Dickinson, Virginia Woolf, Jane Austen, las hermanas Brontë o Mary Shelley. La mayoría de mis compañeros pasarían curso tras curso sin conocer siquiera de nombre a ninguno de esos escritores a menos de que los buscaran por cuenta propia.

No soy tan inocente –ni en aquel entonces lo era- como para pretender que los profesores inculquen conocimientos sobre tan amplio número de autores teniendo en cuenta el reducido tiempo del que disponen para dar todo el temario que se les exige. ¿Pero era realmente necesario destinar año tras año al Cid, a Góngora y a Garcilaso de la Vega? ¿De verdad teníamos que pasarnos curso tras curso analizando el olmo hendido por el rayo de Machado y la pupila azul de Bécquer? No tengo nada en contra de la literatura española, de hecho, aquellos años también me sirvieron para apreciar a Quevedo o amar a Lorca. Considero que es fundamental conocerlos a todos ellos, pero podrían haberse invertido dos o tres años de los seis que compusieron mis años de instituto y habría sido más que suficiente. Al acabar 1º de Bachillerato había analizado tantas veces las Coplas de Manrique que  empezaba a acordarme de su padre por razones bien distintas de las que Jorge había querido.

Otra de las trabas con las que me encontré fueron los libros obligatorios que hicieron que mi pasión por la lectura descendiera hasta un punto prácticamente irremontable. Tras El árbol de la ciencia empecé a sentir un deseo inexplicable de quemar libros. Afortunadamente se me pasó al terminar el curso. Sin embargo, muchos de mis compañeros y compañeras que no habían amado nunca la lectura encontraron en estos libros la razón perfecta para no amar ningún otro.

¿Pero quién decide las lecturas obligatorias? ¿Por qué El Lazarillo de Tormes sí, pero El guardián entre el centeno no? ¿Por qué nunca hay libros actuales? ¿Quién en su sano juicio cree que se puede fomentar la lectura con Cañas y Barro?

Quizás sería mejor que los profesores obviaran las lecturas obligatorias y se limitaran a preguntarles a sus alumnos qué tipo de libros les gustaría leer. Dar la opción de variar de estilos, géneros, épocas. Que el objetivo del curso no sea que un chaval se lea La Celestina y La Colmena, sino que aprenda a amar la literatura. A lo mejor, de esa manera, dejaremos de llevarnos las manos a la cabeza cada vez que salga un estudio indicando los inexistentes hábitos de lectura de los jóvenes.

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Un comentario en “De cómo el instituto mató a las estrellas de la literatura

  1. !Qué razón tienes¡Lo primero que hay que ayudar a inculcar es el placer de la lectura que solo se puede conseguir escuchando a la gente y lo segundo hay que seleccionar muy bien los primeros libros que se trabajen en clase porque van a ser el inicio del hábito lector, después ya cogido el vicio cada uno vamos leyendo, gozando o desechando lo que en ese momento necesitamos.
    Me alegra mogollón que te guste Dickinson y Virginia Wolf, a mí me apasionan.
    Un musu. ADE

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