Si algunos hombres fueran mujer por un día

Opinión

Me gustaría que hubiera un día en el que a las doce de la noche, al más puro estilo de Midnight in Paris de Woody Allen, sonara en algún lugar una campana y por arte de magia algunos hombres se convirtieran en mujeres. Especialmente hombres como Toni Cantó, Alberto-Ruiz Gallardón o José Manuel Castelao.  Que sufrieran una especie de metamorfosis kafkiana, y sus cuerpos se vieran transformados.

Que un hombre se despertara por la mañana, y después de apagar de un manotazo el despertador, se percatara de la mancha de sangre que ha llegado hasta el cubre colchones. Durante unos instantes permanecería horrorizado, hasta que comprendiera que le ha bajado la regla. ¿Madre mía, es normal tanta sangre? Exasperado, se daría una ducha y cambiaría las sábanas, no sin antes frotar el lugar donde ha quedado la mancha y rezar porque ésta desaparezca.

evaxMientras desayuna, -con un Ibuprofeno a mano para intentar aplacar los característicos dolores que ya empiezan a recorrer su cuerpo- vería un anuncio de Evax en la tele en el que un grupo de chicas con poca ropa encima (pero todas muy monas y con colores muy alegres) bailan felizmente, recordándole que tiene que comprar compresas.

Ya en el coche, de camino al supermercado que está al lado de su oficina, pondría la radio y oiría que Toni Cantó ha dicho por Twitter que la mayoría de las denuncias por maltrato son falsas. Instintivamente sentiría como sus manos se aferran con mayor fuerza al volante, y tendría que decirse a sí mismo (o misma, a estas alturas de la película) que seguro que Toni Cantó tenía una buena razón para decir eso. O quizás no, porque parece que lo único falso que hay son sus datos. Menos mal que ya ha llegado y puede apagar la radio.

En la sección de higiene del supermercado encontraría apilados en filas de colorines los diferentes paquetes de compresas y tampones. Jesús ¿¡desde cuando hay tantos tipos!? pensaría, para después fijarse en el precio. 2,65€ uno de compresas normales con alas y 5,25€ uno de tampones. Indignado, se preguntaría si la gente que comercializa estas cosas y los que deciden que tengan un 10% de IVA se creen que él está sangrando en estos momentos porque le apetece. Así, porque le da la gana.

no-means-noDespués de pagar estos bienes de primera necesidad como si fueran prácticamente de lujo, llegaría a la oficina. Allí se encontraría con varios de sus compañeros de trabajo. Alguno incluso le contará la conquista del fin de semana, explicándole como aquella chica dijo “no”, pero él continuó, porque todo el mundo sabe que cuando una mujer dice “no”, en realidad quiere decir “sigue insistiendo”.  Si hubiera sido otro día, probablemente se habría limitado a escucharlo y callar aunque su conducta le pareciera la de un gilipollas, pero hoy su paciencia está a punto de agotarse. Porque ha tenido que cambiar las sábanas por la mañana, y el Ibuprofeno no está haciendo ningún efecto, y siente como si alguien estuviera apuñalando indiscriminadamente su útero, y Toni Cantó y las compresas a 2,65€… Así que le dirá por primera vez, lo que realmente piensa de él, a lo que su compañero le contestará con un “Tampoco es para ponerse así, mujer. ¿Tienes la regla, o qué?”. Y él sentirá deseos de pegarle un puñetazo, pero se limitará a sonreír. ¡Porque es solo una broma, mujer! Una broma que lleva escuchando desde que tenía 12 años, pero una broma.

Posteriormente se reunirá con el jefe, y sentado allí, esperando a que este empiece a hablar pensará en lo mucho que han descendido sus posibilidades de optar a ese puesto entre los directivos ahora que no le cuelga nada entre las piernas. Pronto se percatará de como su jefe desciende la mirada hasta su pecho de cuando en cuando y se preguntará por qué hace eso. ¿Tiene alguna mancha en la camisa? Así que decidirá mirarse él también. Oh, son esas a las que mira. No podrá evitarse sentirse ofendido, pero una vez más se obligará a sonreír, porque su jefe lo hace sin “maldad” y porque “es que claro, señorita González, se pone usted unos escotes que a uno se le va la mirada”.  Tampoco podría denunciarlo por acoso, piensa, no vaya a ser que le ocurra como a esa mujer estadounidense a la que despidieron y el juez lo declaró procedente por ser ella “demasiado guapa”.

Harto, volverá a su puesto de trabajo y en uno de los descansos mirará las noticias en el ordenador. Parece que Gallardón seguirá adelante con su reforma de la ley del aborto. Hombres de traje y sotana decidirán qué puede o qué no puede hacer con su cuerpo, porque aparentemente él,  por ser mujer,  no tiene capacidad para ello. Por primera vez se dará cuenta de lo poco que vale una mujer embarazada. Tan poco, que la supervivencia de un feto, de dos células juntas, tiene prioridad sobre un ser ya formado con una vida real. ¿Dónde está mi derecho a decidir lo que quiero hacer con mi cuerpo y con mi vida?, se preguntará.

Cuando por fin termine su jornada laboral ya será de noche, porque todavía anochece relativamente pronto, y de camino a casa tendrá que pasar por un callejón que hasta entonces nunca le había parecido peligroso. Acelerará el paso, sin saber muy bien por qué una sensación de miedo lo invade. Su instinto le dice que esté alerta. A lo lejos ve un hombre que se acerca lentamente. No tiene por qué pasar nada, no seas exagerada, se dice mentalmente. Pero entonces recuerda a José Manuel Castelao, y sus palabras: “las leyes son como las mujeres, están para violarlas”, y no podrá evitar pensar que quizá ese hombre que se acerca piensa igual que el buen José Manuel. Llevará una mano hasta el bolso, sacando las llaves del coche en un vano intento por tener a mano algo con lo que defenderse en caso de que la cosa se ponga fea.  ¿Si gritara alguien me oiría aquí?. Al menos no vive en un país musulmán de esos en los que obligan a las mujeres a casarse con sus violadores. O a las que dan latigazos. Por suerte vive en el mundo occidental, donde se está mucho más sensibilizado con estos asuntos. Entonces recordará a ese candidato republicano que dijo que los embarazos provocados por una violación son “porque Dios quiere”, o a ese sacerdote italiano que acusaba a las mujeres de la violencia machista porque “provocan cada vez más”.

Instintivamente bajará la mirada hacia su ropa. Su falda le parecerá mucho más corta, y su camisa más escotada. A lo mejor alguien dice de él que iba provocando. O que quién le manda meterse en ese callejón. Sea como sea, está seguro de que para mucha gente “algo habría hecho él” para que le pasara eso. Finalmente se cruzará con el hombre y no ocurrirá nada. Podrá sentir como su cuerpo se relaja, y sus manos dejan de sujetar las llaves tensamente. Cuando llegue al coche, suspirará aliviado. Qué tontería haber pensado que podía pasarme algo.

international-womens-day¡Por fin en casa! Mientras se prepara la cena se fijará en el calendario y se percatará de que es 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. No podrá evitar entristecerse pensando que en pleno siglo XXI, todavía siga siendo tan necesario. Que haya que seguir revindicando la lucha feminista, explicándole una vez más  a ese hombre (o mujer) que la observa con una mueca y la palabra “feminazi” a punto de salir de sus labios, que querer la igualdad de la mujer, que se la respete, que tenga derecho sobre su cuerpo, no tiene nada que ver con invadir Polonia y masacrar judíos.

En la cama, con una compresa de noche, de esas cuyo tamaño se asemeja al de un pañal y que lo hace sentir extremadamente incómodo, cerrará los ojos y suplicará que cuando despierte a la mañana siguiente vuelva a ser un hombre. Porque no tiene suficiente fuerza para ser una mujer.

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Un comentario en “Si algunos hombres fueran mujer por un día

  1. Muy bueno de fondo y de forma.Me gusta mucho ese puntito de humor que no resta sino suma a la reflexión. Te lo voy a coger prestado para hacer con él una tertulia literaria.Musus

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